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“Existe el amor perfecto, y podemos encontrarlo en la persona perfecta, que me entienda, que me escuche, que me apoye, que nunca se enfade, … 24 horas al día los 365 días del año”. Suspira María, tras varias relaciones fallidas y que acude a nuestra consulta tratando de buscar una explicación a su dificultad para encontrar pareja.
Sin embargo, el príncipe azul no existe y empeñarnos en encontrarlo nos aleja de las personas de carne y hueso y nos empuja de lleno a una frustración permanente. Los príncipes azules que predican las canciones, películas y novelas románticas son utopías, bellísimas, eso sí, para escuchar o leer pero altamente peligrosas como referencias de realidades concretas.
Buscar la “persona” diez tiene consecuencias muy negativas, especialmente, la imposibilidad para establecer vínculos afectivos sólidos, porque continuamente estaremos esperando algo o alguien mejor y, obviamente, siempre habrá alguien que supere a la persona anterior, sino en todo, en algún aspecto concreto.
Desde el punto de vista psicoanalítico, el príncipe azul es el heredero de la madre azul. El heredero de una madre eterna, infinita, perfecta, que todos soñamos y no tenemos. Pero claro, no existe ninguna madre perfecta, ninguna madre que no nos haga llorar, enfadar o esperar.
Que no exista el príncipe azul no significa que tengamos que resignarnos y soportar estoicamente a quien no nos hace feliz, lo cual sería el extremo opuesto, sino que es recomendable tener cierta flexibilidad y dar oportunidades a la convivencia de la persona con la que estamos, aunque sea “imperfecta”.
Es cierto que el amor de pareja posee una fuerte dosis de racionalidad, pero esto no significa que debamos ser obsesivos y escribir todo el día listas de pros y contras. La esencia del otro también cuenta. La esencia es aquello tan especial que posee la pareja imperfecta y que nadie más tiene, al menos de la misma manera o con la misma intensidad.
Realismo crudo y bello, eso es el amor maduro.
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